23 de marzo de 2017

Alcohol como tinta

Si tienes los ojos despiertos y mudos los labios,
si detienes el paso de las horas con un leve parpadeo,
mírame.
Mírame hasta detener el segundero.
Ofréceme minutos, invítame a una copa
porque tiempo es lo que necesito
porque tiempo es lo que quiero.
Porque cuando te beso ya no hay tic tac en mi aliento
ni latidos en mi pecho
ni muertes en mis sueños.
Porque si me miras ya no hay miedo
y la duda se convierte en certeza
y ya no hay necesidad de consuelo;
porque tiempo es lo que necesito,
porque tiempo es lo que quiero,
porque si escribes sobre mi cuerpo
con alcohol como tinta y vaso como tintero
se pierde el invisible llanto del anhelo.

13 de marzo de 2017

Silencios a todo volumen

Sería bonito quererte con una banda sonora
de lluvia y carcajadas a dos voces,
con una sonrisa de loca y un tic nervioso en los labios
ante cada uno de los roces.
Si te quisiera me armaría de valor y me vestiría
con alas para viajar volando
a todas y cada una de las pecas de tu rostro,
pero son las tres o las cuatro
y el cielo ya ha anunciado que será noche de tormenta,
de silencios a todo volumen y de gritos callados.
Tras este atardecer, no va a haber descanso
para esos llantos de desesperación contenida.
Y, sí, tal vez sea idiota por quedarme en el suelo,
por cambiar de problema en lugar de parar
en el que no tiene salida,
por temblarme las manos cuando el reloj marca
las horas en punto con una estúpida melodía.
Échame la culpa si lo que deseo es ponerme por delante
de cualquier tío que necesita sentirse importante,
pero, al menos esta vez, voy a mirar por mí.
Si te quisiera sería capaz de caminar sobre brasas,
reventaría todas las burbujas de sueños,
te llamaría a las cinco de la madrugada
para contarte algún secreto,
pero es que no te quiero
de modo que no me mires muy mal
si me ocupo de mí primero y me quedo un poco lejos.
Entretanto, prometo no volver a molestarte
y, quizás algún día, volvamos a vernos en la estación de metro
como si nunca hubiera pasado el tiempo.

6 de marzo de 2017

Alcohol y melodías

Esta madrugada nos decimos adiós.
A ver si nos despedimos algún otro día;
a ver si dejamos de querernos a trompicones
y detenemos el coche en la gasolinera de al lado.
Ya no pasan relámpagos por tus ojos,
ya no me miras como si quisieras memorizarme,
tal vez ya me sabes tanto que podrías pintarme.
Esta noche llevo los tacones en la mano
y mi cara es un cuadro de Picasso;
supongo que no tengo a nadie a quien impresionar,
aunque lo que realmente es impresionante
es que el cielo se ha vuelto a nublar.
Estas cosas pasan, ¿no?
Se nos han acabado las promesas a medias
y no nos quedan excusas para rellenar las horas muertas.
Tú encontrarás a otra tía que te haga parar en la autovía
y yo me quedaré escribiendo recuerdos
impregnados de alcohol y melodías
como si hubiera sido poeta en otra vida.
Empezamos a necesitar música para bailar
y desaprendimos a nadar por nuestros miedos;
volvimos a temer aun teniéndonos a dos centímetros,
cuerpo a cuerpo.
Se nos acabó el tiempo para decirnos "te quiero"
y yo no es que haya pasado página,
es que he cambiado de libro:
ya no me gustan los que llevan ilustraciones en la portada.
Ahora son las tres de la mañana
y sigo esperando en la parada de un tren que nunca pasa.
Las farolas muestran mi sombra
y hasta ella parece que tiene un color amargo,
me mira con pena desde la soledad.
Tal vez cuando llegue el próximo tren
ya haya amanecido en este lado de la ciudad.

3 de marzo de 2017

Brújula salvaje

Me miraba con ojos salvajes
como un león en busca de presa.
Es difícil determinar con exactitud
si su presencia me tranquilizaba
o, por el contrario, creaba terremotos en mis piernas.
Tal vez fuera su aspecto alocado
que invocaba tormentas de canciones
como si fuera su rezo.
Sería un disparate intentar huir de él
porque, sin tocarme, me atrapaba
cada vez más en su red de sonrisas.
Era salvaje, sí, y un loco,
pero nunca pondría la mano encima de nadie
si no fuera para pintar fantasías en mis caderas.
Prefería torturarme con versos
de trovadores que recitaban en su memoria
o con cuentos a la hora de soñar despiertos.
Sus gestos eran puro espectáculo
y hacía teatros sobre mis costillas
que cerraban el telón
cuando empezaban los besos y las caricias;
no sabes lo que es el amor
si no has intentado escapar de sus cosquillas.
Tenía estrellas en la espalda que se estremecían
cada vez que soplaba el aire sobre ellas;
era astronauta en mi cuerpo 
y despegaba en cohete hacia la luna de deseos
dejando incendios que transformaban cenizas 
en latidos que hacían carreras de velocidad.
Y vaya con esa risa incontrolable
cuando iba por la calle y me hacía volar;
se me acababa la vergüenza cuando cogía mi mano
y me hacía bailar en mitad de la carretera.
Parecía que saltaba sobre mis pulmones
cuando me guiñaba un ojo
y dibujaba una sonrisa traviesa:
un león que roba el aliento para poder respirar.
Ni de lejos era perfecto,
pero sus defectos eran mi pan de cada día,
y es que era por el día cuando se despertaba
siendo la brújula de mis anhelos.
Difícil olvidar cada vez que rimaba
paseos por mi cuello y susurros en mi pecho;
incrementaba la locura que me retenía en sus pensamientos
y que me invitaba a declararme en huelga de lágrimas.
Su aspecto feroz nunca me instó a marcharme:
sabía que sin su personalidad salvaje
caminaría perdida a falta de brújula
haciendo equilibrios sobre una cuerda floja
a punto de romperse.