20 de enero de 2018

Delirio por desesperación

Oye,
que se me está acabando la batería.
Eso es lo que soy,
lo que somos:
un pronombre personal
con disminución de energía.
un porcentaje de alegría
con demasiada facilidad
para convertirse en agonía.

Eterna la caída al negro azabache
que se dedica a apagar nuestras vidas.
Sin pantalla, no hay valor; no hay risa.
Sin pantalla, todo es delirio,
la pataleta infantil del perdedor,
del cobarde que ya no tiene
donde ocultar su temor,
del poeta refugiado famélico de rimas
del nómada que ya no tiene adónde ir,
del estafador que se queda sin mentiras.

Perdidos en el vacío sin líneas,
en la tabla numérica que no tiene celdas,
en las celdas iluminadas y adictivas
mientras la conciencia nos suplica la llave
de un lugar que no parece tener salida.

Oye,
que se me está acabando la batería
y quiero aprovechar para decirte,
que voy a ir a verte en persona
para alimentarme de una sonrisa
que es de todo menos virtual;
y para volver a ser el poeta
que tiene donde rimar,
el nómada que ha encontrado en tu mirada
un lugar donde pasar la noche
y el descubridor de que no existe una llave,
porque somos nosotros
los que tenemos el poder
de seleccionar la opción "apagar".

12 de enero de 2018

Ventajas y desventajas de pensar(te)

Se me acumulan las mañanas soñando
que estás aquí.
Se me han quemado las manos
poniéndolas en el fuego por ti.
Y grito
buscando mi voz en esos labios
que me dan el aliento necesario
para poder inhalar.
¿Dónde estás?
He perdido segundos,
minutos,
horas,
recorriendo mis recuerdos
tratando de acordarme
del tacto de tu piel,
queriendo creer
que todavía puedo escuchar
el latido de tu pecho
palpitando por mí.
Se me escapa esa sonrisa tonta
al pensar en el sonido que se crea
cuando pronuncio tu nombre,
cuando pronunciabas mi nombre,
cuando prometíamos infinitos.
Me he quedado jugando con tus dedos
y tú ya te has ido.
Supongo que después de tanto tiempo
ya no compartimos el mismo vacío.

31 de diciembre de 2017

Pu(n)to final

No sé por qué tengo la sensación
de habernos precipitado cerrando el libro
y de habernos perdido (en) el epílogo.
Qué fácil es convertirse en punto y coma
cuando no tienes fuerza para ser punto y seguido.
Tus ojos me confirman que sólo soy puntos suspensivos
alargando el desenlace
para encontrar el modo de adelantarme a las horas,
a ese tic tac que hace un eco infinito en mi pecho,
pero es que queda muy poco tiempo para las doce
y yo aún no he aprendido
a comerme las uvas sin atragantarme;
a lo mejor ésa es la gracia de la tradición,
que sólo los veloces y capaces 
pueden seguir la canción.
Los pocos segundos que nos quedan
son una enumeración sin sentido;
dos puntos y coma, coma, coma...
Y gente con coma etílico.
Beber en exceso por no haber aprendido a puntuar,
por no saber diferenciar
cuándo es punto y seguido 
y cuándo punto final.
Pensar en ese pu(n)to final.
Puto final de año.
Puto inicio.
Eh, pero mírame,
que yo ya he comprendido
que no necesito comerme las uvas
para comenzar un año en mayúsculas
después de haber sido tanto tiempo
puntos suspensivos.

23 de diciembre de 2017

Delirio

Verte dormir.
Saber que eres literatura,
que el temblor de tus pestañas es poesía,
que no quiero una historia que no seas tú.
Y entonces,
cuando abres los ojos de forma infinita,
entonces morir.

9 de diciembre de 2017

Tornado de vuelta y media

Lo he intentado,
pero he decidido que paso de ti.
Que acepto que soy tornado de vuelta y media
y que cada media hora me regalo una sonrisa
gratuita, orgullosa, atrevida.
Que tengo intención de vivir como un roble,
doscientos o trescientos años,
tal vez más.
Que me voy a regalar cucharadas de miel
por la satisfacción de sentir
ese deleite empalagoso
que, en ocasiones, me recuerda a ti.
Que voy a cometer errores
y voy a pecar de osada,
lanzándome al vacío sin alas,
como tú me enseñaste,
siendo dueña de la oscuridad,
apagando la luz cuando yo quiera.
Que voy a poner la mano en el fuego,
no por ti, no por algo,
sino por mí.
Que voy a morder el polvo,
una y otra y otra vez
y te lo voy a soplar en la cara.
Que voy a correr cuesta arriba con patines,
que voy a guiñar un ojo a la muerte,
que voy a ser indigente en mi mente,
que voy a bailar al ritmo de la nada,
de lo que yo quiera, sin compás.
Y, en parte, tengo miedo de decirte
que te echo de menos
por si vuelves
y me toca
volver a empezar.

25 de noviembre de 2017

Niña de boca y ojos tristes

Grito al vacío que ya no se escucha,
misma niña con boca triste
por unas heridas que no le pertenecen,
pero arden igual, dolorosas, sangrantes,
con la fuerza de un fuego que no ha encendido,
que no ha alimentado y, aun así,
que la ha quemado.

Mirada al vacío que ya no se ve,
misma niña con ojos tristes,
por unas cicatrices que saben a guerra,
a sal, a un pueblo que ya no se conoce,
al recuerdo de un amor que ya no existe,
a la nostalgia de una abandonada,
perdida y desamparada reflexión.

Juega la niña con su piel desgarrada,
con las piedras solitarias del parque vacío
y mira a los pájaros libres,
valientes,
veloces,
yendo hacia un horizonte infinito.

20 de noviembre de 2017

Escondite con la muerte

Te miro y no estás.
Te miro para pintar tu sonrisa
y me encuentro con ese vacío
que anula toda imaginación.
Hago esbozos en mi mente intentando dibujarte
mientras llueven demonios.
Tus demonios.
Mis demonios.
Se rasgan las paredes
de este barco en el que he naufragado
y se abren mis heridas en una piel hecha desgarros.
Soy marinero a la deriva
con esta tormenta que derriba,
y no tengo salvación ni salvavidas.
Ya no sé si eres el mar o mi timón
y, joder, me duele (me dueles)
porque te miro y no estás;
porque te echo de menos
y sigo buscándote en la brújula
en la que mi corazón es la aguja
cuando todo me grita
que no estás, que no estás, que no estás,
que no te voy a encontrar,
que nunca has sido mi Estrella Polar
y que siga adelante
con la esperanza por delante
aunque el mar me eche sal en las heridas
y yo no tenga otra medicina
que cicatrizar con mi propia saliva;
aunque todas las mañanas amanezcan sin sol
y en las noches yo sea el único lucero
y crea que eres tú.
No sé quién escribió esta horrible adivinanza
en la que siempre acabo muerta.
Estoy cansada de nadar a contracorriente,
yo solo quiero dejarme llevar
por esas manos que me acarician
y que siempre vuelvo a anhelar
aunque eso es lo que hacen: helar.
Tienes manos frías,
tienes manos del Ártico
y yo, que siempre he preferido el desierto,
tengo esa tonta manía
de desear tus dedos de hielo,
dedos de nieve,
dedos demasiado acostumbrados
a escribir "te quiero" en corazones desgastados.
Estoy agotada de que vendas el mío
con mentiras y secretos inventados.
Déjame irme, déjame ser libre,
déjame perderme en el océano infinito
jugando al escondite con la muerte.
Déjame creer que soy valiente
y que no tengo la palabra "perdedora"
pintada en la frente.
Has sido tú, ¿verdad?
Basta, ya no soy esa niña
a la que seguir provocando por diversión
mientras la rompes en pedazos.
He decidido inventar mi coraje
en retazos de piel amoratados
como manchas en un mantel demasiado usado
en ser la escena de un crimen
que se repite una y otra vez.
Y, con la suave brisa que acaricia mi rostro,
me atrevo,
me atrevo a saltar por la borda
y nadar hacia una orilla que no se ve.